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LA GUERRA AEREA EN EL PACIFICO
En esta excepcional narración, un piloto de caza japonés expone cuáles fueron, a su modo de ver, las razones de la superioridad aérea japonesa al comienzo de la guerra, y al mismo tiempo desmiente la vieja creencia de que los mandos superiores prohibían a los pilotos japoneses llevar a bordo el paracaídas.
En 1942, ninguno de nuestros aviones tenía coraza protectora para el piloto, y tampoco los famosos cazas Zero estaban provistos de depósitos para el carburante con protección contra las explosiones, como, en cambio, lo estaban los aviones americanos. Los pilotos enemigos aprendieron muy pronto que, si una de sus balas de calibre 12.7 penetraba en un depósito, lo hacia estallar y se incendiaba. Y no obstante, ningún piloto japonés llevaba en sus vuelos paracaídas. Este hecho, los occidentales lo habían interpretado erróneamente, considerándolo como una muestra de desprecio hacia nuestras vidas por parte de nuestros superiores, quienes, según ellos ( los occidentales), nos mandaban al matadero como animales en vez de tratarnos como seres humanos. Desde luego, esto estaba muy lejos de la realidad; cada uno de nosotros había recibido su paracaídas personal, y la decisión de volar sin este medio de salvación era exclusivamente nuestra y nunca tuvo su origen en una orden de los mandos superiores. Y no queríamos ponérnoslo por dos razones. La primera era que limitaba nuestros movimientos durante los combates; en efecto, resultaba difícil mover rápidamente los brazos y las piernas a causa de la tensión de las correas. Otra razón, también muy contundente, sobre todo cuando nos disponíamos a combatir, era que la mayor parte de nuestros combates con los cazas enemigos tenían lugar sobre sus mismos campos o territorios, y nadie hubiera querido jamás lanzarse sobre territorio enemigo, pues este gesto significaba voluntad de ser hecho prisionero, y en el Bushido (código del samurai) no había lugar para las palabras << prisionero de guerra>> No existían prisioneros. Si uno no volvia se le podía considerar muerto.
El 21 de junio comenzó una nueva fase en las operaciones de los aparatos de caza, cuando una división del Ejército japonés desembarcó en Buna, a 210 km al sur de Lae. En cuanto desembarcaron, las fuerzas comenzaron inmediatamente una fatigosa marcha hacia el interior, dirigiéndose sobre Port Moresby a través de la jungla. La maniobra parecía muy sencilla sobre el mapa; Buna parecía estar a un tiro de escopeta de Port Moresby, en la otra parte de la península de Papua. Los mapas de aquellas zonas, sin embargo, no proporcionaron información alguna sobre lo que es la jungla y sobre las terribles condiciones de vida que hay que soportar bajo aquella densa capa de vegetación tropical. En estas circunstancias, el Mando Supremo japonés cometió el fatal error de enviar a las tropas al ataque de Port Moresby; y, en consecuencia, antes de que los combates hubieran acabado, el Japón había sufrido uno de sus más himillantes fracasos. Esta operación en tierra obedecía ciertamente a un movimiento de desesperación. Al principio, el Mando Supremo había previsto y preparado minuciosamente un potente ataque anfibio contra Port Moresby; pero se vió obligado a suspenderlo a causa del poco favorable resultado de la batalla del mar del Coral, en la que dos portaaviones japoneses se enfrentaron con dos portaaviones americanos. Este fue el primer combate naval en el que ninguno de los buques de guerra que en él intervinieron pudo disparar ni un solo cañonazo contra el enemigo. Ambas formaciones se batieron tan sólo con los aviones, atacándose mutuamente en un continuo bombardeo aéreo. Ganamos la batalla, es cierto, pero los americanos consiguieron su objetivo, que era el de impedir la proyectada operación anfibia.
Las acciones de Buna constituyeron un rudo golpe para mí, cuando llevé a cabo mi primera misión en este lugar. Había asistido, desde el aire, a muchas operaciones del mismo tipo antes de aquella, pero no había visto jamás un intento tan mísero y una deficiencia logística tan espantosa para el abastecimiento de toda una división de infantería. Los soldados se apiñaban en la playa, transportando a hombros, hacia la ardiente jungla, las cajas de material; ante la playa no había más que dos pequeños buques de transporte, protegidos tan sólo por un destructor de escolta, que descargaban los abastecimientos. Durante las semanas que siguieron continuamos las misiones que nos encomendaron sobre Buna; pero en la segunda mitad de julio, entramos en una nueva y más extraña fase de la guerra. Ya no podíamos continuar volando sin paracaídas; los mandos superiores habían dado órdenes precisas a este respecto y el coronel Saito se lo comunicó a todos los pilotos, exhortándolos a llevarlo siempre en el combate. Era una sensación nueva notar aquel paquete en el asiento y la tensión de las correas alrededor del cuerpo. Llegaron después más ordenes, que no parecieron de mal agüero: en efecto, habíamos renunciado a proseguir la ofensiva a través de Nueva Guinea, y el coronel nos comunicó que no debíamos sobrepasar por ninguna razón la cordillera del Owen Stanley.Relato de un piloto japones |
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