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Aversión a las Bajas

Consecuencias para los Políticos y Oficiales
Militares de Alta Jerarquía

La herejía más funesta en la guerra, entre nosotros los de la más alta jerarquía, es la falacia de que se pueden ganar las batallas sin pérdidas significantes.
 —Sir Ian Hamilton

Los sucesos de los últimos cien años han producido cambios dramáticos en la política exterior estadounidense y, en particular, el empleo de la fuerza en respaldo de los objetivos nacionales. Desde un gigante durmiente con tendencias aislacionistas manifiestas antes de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha evolucionado a inicios del siglo veintiuno hasta convertirse en la única superpotencia mundial. La transición desde una política ligada al discurso de despedida de George Washington de evitar “alianzas enredadas” hasta una superpotencia reconocida con intereses y responsabilidades globales, ha sido marcada por el compromiso de los Estados Unidos de defender sus valores y principios con el poderío militar. Este poderío, combinado con otros elementos del poderío nacional, derrotó al nazismo y la hegemonía japonesa durante la Segunda Guerra Mundial y aceleró el fin de la guerra fría, que vio el derrumbe del comunismo dominado por la Unión Soviética y la confrontación global bipolar.

Sin embargo, el fin de la guerra fría dio paso a un mundo incierto que no ha evolucionado hacia un nuevo orden mundial ni visto el fin de los conflictos. Persisten los desafíos a los intereses de los Estados Unidos y del pueblo libre en todo el mundo, y Estados Unidos es actualmente la única nación con la capacidad y el poder global para proveer liderazgo en un futuro incierto. Tal como se señala en Una Estrategia de Seguridad Nacional para el Nuevo Siglo, “El desafío de nuestra nación—y nuestra responsabilidad—es mantener ese rol aprovechando las fuerzas de integración global para el beneficio de nuestro propio pueblo y de los pueblos de todo el mundo.”1 Para cumplir estos desafíos y seguir siendo la “fuerza más poderosa del mundo para la paz, la prosperidad y los valores universales de democracia y libertad” que propugna la estrategia del presidente,2 Estados Unidos tiene que mostrar liderazgo en un mundo anárquico actuando como una gran potencia.

Desde la caída del Muro de Berlín y la desaparición del comunismo global, muchos países han desafiado la capacidad estadounidense de mantener su posición de líder mundial. La opinión clásica es que Estados Unidos no está dispuesto a comprometer el poderío militar requerido para influir en los eventos, resolver las disputas y actuar como la fuerza para la democracia, la paz y la libertad económica que promulga nuestra estrategia nacional. La percepción entre nuestros enemigos y aliados es que el público estadounidense no está dispuesto a comprometerse en ninguna operación militar en la que se puede esperar incluso un número mínimo de bajas. Además, creen que una vez que un enemigo provoque la participación de Estados Unidos, puede obligarlo a abandonar su compromiso al aumentar las bajas estadounidenses. Debido a nuestra aversión a las bajas, ante los ojos del mundo, nos estamos convirtiendo en “una superpotencia de aserrín”.3

En vista del ambiente cambiante en el que se conduce la política militar y de seguridad, el Triangle Institute for Strategic Studies (TISS) condujo recientemente un estudio sobre relaciones cívico-militares. Como parte de tal estudio, varios eruditos estudiaron la aversión a las bajas y concluyeron que el público estadounidense es mucho más tolerante a las bajas potenciales que los legisladores u oficiales militares de alta jerarquía. En un artículo del Washington Post, dos de los principales investigadores del TISS afirmaron que la creencia común de que el público estadounidense exige “una victoria sin bajas como el precio para el respaldo a una intervención militar extranjera” es un mito.4

Si esto es cierto, los hallazgos del TISS tienen consecuencias significativas. Existe un síndrome de aversión a las bajas? De ser así, cuáles son las consecuencias para los legisladores y los comandantes militares de alta jerarquía? En el sentido más amplio, estos son los temas que se examinan en el presente artículo. Los datos del TISS concuerdan con la investigación que esclarece el tema de la aversión a las bajas. Examinando el cuerpo existente de la investigación, este artículo sostiene que los legisladores y los líderes militares de alta jerarquía han interpretado mal la tolerancia a las bajas del público y, que su perspectiva incorrecta de la aversión a las bajas afecta negativamente la seguridad nacional y las operaciones militares.

Las Bajas y la Opinión Pública

Tienen nuestros líderes civiles y militares un caso sólido para creer que la opinión pública está vinculada al número de bajas sufridas en una operación militar? Varios estudios de la corporación RAND han examinado este tema consolidando la investigación disponible y sacando conclusiones basadas en los datos. El primer informe de importancia, publicado en 1985, utilizó a Corea y Vietnam como casos de estudio.5 La disminución general del respaldo público con el transcurso del tiempo en Corea y Vietnam muestra que el respaldo público en ambas guerras “se comportó de una manera notablemente similar: Cada vez que las bajas estadounidenses aumentaron en un factor de diez, el respaldo en ambas guerras disminuyó en aproximadamente 15 por ciento.”6 De manera similar, la comparación del respaldo público por Vietnam con los costos acumulativos de la guerra lleva a la conclusión que uno esperaría en una sociedad civilizada: “El costo más importante para los estadounidenses fue el número de jóvenes estadounidenses muertos y heridos en Vietnam.”7 Finalmente, el análisis de los porcentajes de bajas mensuales indica que “se demostró que existía una fuerte correlación negativa (-0.68) entre los porcentajes de bajas mensuales y la popularidad del presidente Truman durante la Guerra de Corea”.8 En un hallazgo asociado, la popularidad del presidente Lyndon Johnson tenía correlación negativa con el número mensual de estadounidenses muertos en acción y el número de ataques de bombarderos sobre Vietnam.9

La investigación documentada en el estudio de la corporación RAND de 1985 concluyó que el público era sensible a las bajas y retiró gradualmente su respaldo a las operaciones militares en Corea y Vietnam, en base al número acumulativo de bajas. El estudio resaltó un punto contextual significativo del entorno de guerra limitada en el que se llevaron a cabo estos conflictos. El análisis de la información realizado por los investigadores de la corporación RAND llevó a la conclusión de que “el público tiende a tolerar no más que costos mínimos en situaciones de guerra limitada”.10 Desde esta perspectiva, es fácil discernir las raíces de un síndrome de aversión a las bajas. Si ésta fuera la única investigación, sería difícil refutar la creencia común entre los políticos, líderes militares de alta jerarquía, aliados y enemigos, que la aversión a las bajas es el talón de Aquiles de Estados Unidos. Sin embargo, el estudio no trató algunas variables importantes: las razones que fundamentan el respaldo a bajas relativamente altas durante un lapso de tiempo significativo, el impacto de la censura pública sobre cursos de acción alternativos y el impacto de otras variables que pudieron haber influenciado la opinión pública.

Otro estudio de la corporación RAND realizado por Benjamin Schwarz en 1994 trató sobre el asunto de cursos alternativos de acción que el público podría haber apoyado en las guerras de Corea, Vietnam y del Golfo.11 Este informe analizó la conclusión del estudio anterior de que el público estadounidense es averso a las bajas y postuló que dicha aversión percibida a las bajas afectó las estrategias de disuasión regional. Si los adversarios creen que pueden derrotar a Estados Unidos o forzarlo a retirarse de una intervención militar imponiéndole bajas en sus fuerzas, “entonces es improbable disuadirlos por la amenaza de la intervención estadounidense”.12 Este temor surgió antes de la Guerra del Golfo, cuando Saddam Hussein permaneció desafiante y se jactó ante el embajador estadounidense en Iraq, el 25 de julio de 1990, “sobre el estado de preparación de Iraq para combatir cualquier adversario por el honor, ‘sin importar el costo’, mientras que Estados Unidos, incapaz de resistir ‘10,000 muertes en una sola batalla’ era incapaz de continuar una guerra importante hasta un fin exitoso”.13 Saddam estaba equivocado, pero su percepción de la aversión estadounidense a las bajas perjudicó nuestra capacidad para disuadir la agresión iraquí.

Schwarz sostiene que el público quedó “desilusionado” con la participación de Estados Unidos en Corea y Vietnam y lamentó la decisión de intervenir pero, realmente rechazó la retirada en favor de la intensificación de los conflictos. Sin embargo, sostiene que “hubo muy pequeña variación en el porcentaje de estadounidenses encuestados que deseaban el retiro de Estados Unidos del conflicto. De hecho, un número creciente favorecía la intensificación del conflicto para lograr un final rápido—y victorioso”.14 Respaldaban esta afirmación los datos de una encuesta selectiva que demostraba que una mayoría de estadounidenses apoyaba la intensificación sobre la retirada en Corea y Vietnam y prefería la intensificación de la acción de guerra de Estados Unidos en el Golfo, incluyendo la remoción de Saddam del poder. Más que apoyar la percepción de la aversión estadounidense a las bajas, estos datos implican lo contrario.

En 1996 Eric Larson completó un estudio amplio de corporación RAND que intentaba explicar la desigualdad entre los estudios de investigación realizados hasta ese año.15 Examinó los resultados de las encuestas de opinión pública tomadas desde la Segunda Guerra Mundial hasta la intervención militar en Somalia, buscando determinar si otras variables explicaban las diferencias en el respaldo documentado en las intervenciones militares estadounidenses. La opinión clásica, a la que se aludió anteriormente, es que el público estadounidense ha cambiado desde la Segunda Guerra Mundial y no aceptará más intervenciones que produzcan bajas. Un corolario percibido es que los estadounidenses demandarán el retiro inmediato al aumentar las bajas durante las operaciones. Larson investigó estos temas desarrollando un modelo que explica el respaldo público a las intervenciones militares en términos de un contexto más amplio.

El modelo de Larson pondera la dinámica de respaldo público dentro de un simple cálculo de fines y medios. En este modelo, el público basa el respaldo a una intervención en una consideración racional de cinco factores:

•    Los beneficios percibidos de la intervención.
•    Las perspectivas de éxito.
•    Los costos esperados y reales.
•    Las expectativas cambiantes. 
•    El liderazgo y las señales de los líderes políticos.16
Este simple cálculo captura las diversas variables que interactúan para producir el respaldo público. El uso de este enfoque significa que “se puede pensar en el respaldo como un rebalance constante de los beneficios y perspectivas para el éxito frente a los costos probables y reales—y una determinación de si se juzga que el resultado justifica los costos.”17

Este modelo de fines y medios está embebido dentro del concepto de una “conversación democrática.” El argumento, apoyado por la investigación, establece que “los líderes políticos dirigen la conversación democrática, el discurso político . . . es observado y reportado por los medios de comunicación, [y] como los miembros del público están expuestos a estos mensajes, las actitudes cambian de una manera predecible”.18 Esto no implica que la sociedad sea una prenda en manos de políticos astutos sino que el público recibe señales de líderes políticos respetables con ideología política o visión del mundo similares. “En resumen, los individuos finalmente escogen los argumentos más creíbles pero emplean una ruta corta que reduzca sus costos de recopilar informacion”.19 La deducción es que la aversión del público a las bajas no guía el respaldo a las intervenciones militares. El público es capaz de discernir racionalmente los méritos de cada caso individual y tomar una determinación informada del respaldo, basada en expectativas, beneficios, perspectivas y costos.

Usando este marco conceptual, Larson determinó que el público estadounidense no se ha vuelto más averso a las bajas desde la Segunda Guerra Mundial. De hecho, los estadounidenses siempre han tenido un alto respeto por la vida humana, pero balancean esta consideración dentro de un análisis de costo-beneficio continuo que finalmente determina el respaldo. Sólo puede ser lógico que el aumento de los costos en términos de bajas producirá una disminución en el respaldo público, salvo que un aumento en los beneficios o perspectivas de éxito compense ese costo. Esto explica las diferencias en el respaldo a varias intervenciones desde la Segunda Guerra Mundial, y también explica la disminución general del respaldo con el tiempo a medida que aumentan las bajas en una operación en particular. Tal como afirma el estudio de la corporación RAND,

Un poco menos comprendido, sin embargo, es el hecho de que la importancia de las bajas con respecto al respaldo ha variado enormemente con el curso de las operaciones; cuando estaban en juego intereses y principios importantes, el público estaba dispuesto a tolerar bajas más elevadas. En resumen, cuando tomamos en cuenta la importancia de los beneficios percibidos, la evidencia de una disminución reciente en la buena disposición del público para tolerar bajas parece más bien débil.20
Vemos la Segunda Guerra Mundial como el punto de partida de la aversión a las bajas debido a los niveles extremadamente elevados de respaldo a pesar de las enormes bajas (tabla 1). A la luz del número de bajas, la Segunda Guerra Mundial parece ser una excepción—diferente en alguna manera de los conflictos limitados de la guerra fría e intervenciones recientes caracterizadas por una disminución en el respaldo al aumentar los costos. De hecho, se puede atribuir el respaldo casi constante del público a pesar del dramático aumento de las bajas entre 1944 y 1945 a las perspectivas crecientes de la victoria, basadas en los logros en el campo de batalla en Europa y el Pacífico, los beneficios anticipados de la rendición incondicional y el respaldo político casi unánime de ambas partes. “En resumen, al aumentar los costos, éstos eran compensados aumentando los objetivos de guerra y las perspectivas de éxito”.21

Tabla 1
Personal Estadounidense
Muerto en Acción (KIA)

Conflicto
Total KIA
Segunda Guerra 
291,557
Mundial  
Corea 
  33,651
Vietnam
47,364
Granada 
16
Panamá 
24
Golfo Pérsico
293
———
Fuente: Cifras tomadas de Karl W. Eikenberry, “No se Aceptan Bajas (Take No Casualties)”, Parameters 26, no. 2 (Verano de 1996): 113.
Igualmente, los datos de las encuestas de Corea y Vietnam respaldan la afirmación de que el público ponderaba los méritos de cada intervención usando un análisis de costo-beneficio. Ambas guerras comenzaron con un nivel alto de respaldo, basadas en el interés importante para Estados Unidos de “contener la expansión comunista”, y en ambos casos “había el riesgo de un aumento dramático de los costos si se ampliaba la guerra hasta involucrar a China o Russia”.22 En Corea, el respaldo aumentó cuando aumentaron las perspectivas de éxito después de Inchón, el beneficio potencial incluía una península unificada. Por el contrario, luego de la intervención de China, el respaldo disminuyó, basado en las perspectivas desvanecientes de ganancias más allá del status quo. Al desarrollarse un estancamiento, la oposición política aumentó, y disminuyó el respaldo público. El estudio de la corporación RAND, de 1996, denotó que aunque los costos de las bajas eran importantes para la declinación del respaldo, “no se puede desligar su influencia de estos otros factores”.23

El respaldo por el conflicto de Vietnam también emula el cálculo de fines y medios reflejado en la Guerra de Corea. Todos estos factores, las menores expectativas de éxito a medida que continuaba la guerra, una disminución del beneficio percibido de contener el comunismo y mejorar las relaciones con China, y la dramática división entre los líderes políticos condujeron a la disminución del respaldo a la guerra. Las bajas, aunque importantes, no fueron el único determinante del respaldo público, sugiriendo un problema potencial con la opinión clásica de que el público estadounidense exigiría el retiro inmediato al aumentar las bajas. 

Tanto en Corea como en Vietnam, Estados Unidos continuó la lucha mucho después que el respaldo a las intervenciones había disminuido a menos del 50 por ciento. No había consenso sobre el retiro inmediato o la intensificación para lograr la victoria. Qué sucedió? En esencia, el público estadounidense ponderó los fines y medios y apoyó una política de conciliación negociada y el retiro ordenado. Larson señala que sólo una minoría de la población respaldó las posiciones extremas de retiro o intensificación inmediata, “mientras que las pluralidades o mayorías (‘la Mayoría Silenciosa’) ocupaban una posición centrista”.24

Si Corea y Vietnam encajan dentro del marco de los fines y medios, así como también la conversación democrática sobre el respaldo a las intervenciones militares, entonces Somalia pasa a ser la principal evidencia de aquellos que proclaman que el público, influenciado por Cable News Network (CNN), dejará todo y huirá al primer indicio de sangre. El análisis del efecto “CNN” queda fuera del objetivo de este articulo, sin embargo un estudio detallado indica que en lugar de fijar la agenda, los reportes de CNN respondieron a las acciones de la Casa Blanca, el Congreso y el Departamento de Estado25 de una manera coherente con la conversación democrática. 

La percepción común dice que la muerte de 18 soldados estadounidenses en Somalia en octubre de 1993 hizo que el público exigiera el retiro inmediato de ese país. Este punto de vista olvida el hecho que el respaldo se había derrumbado antes del tiroteo en Mogadishu, cuando sólo 40 por ciento del público respaldaba la operación.26 Las expectativas cambiantes causadas por el viraje del centro de atención de la misión desde los objetivos humanitarios populares hacia la reconstrucción de la nación y la persecución de los tiranos, combinadas con las “señales” del Congreso contra la operación (ambas cámaras del Congreso aprobaron resoluciones no obligatorias demandando que el presidente articule sus objetivos y la estrategia de salida en septiembre de 1993)27 ya habían condenado al fracaso la intervención. Larson declara que:

Somalia representa otro caso en el cual el registro histórico sugiere una respuesta más sensible y sutil al aumento de las bajas y la disminución del respaldo: una pluralidad o mayoría ha rechazado típicamente ambas opciones extremas de intensificación y retiro inmediato y, ha permanecido reacia al retiro hasta que se pueda concluir un arreglo negociado y un retiro ordenado—incluyendo el retorno de los soldados estadounidenses.28
Por tanto, la investigación reciente respalda el argumento de que el público no exige intervenciones sin derramamiento de sangre como el punto de partida para asegurar los intereses nacionales y ejercitar el liderazgo mundial, como se expresa en nuestra Estrategia de Seguridad Nacional. El público ha actuado constantemente dentro del campo de una evaluación de fines y medios con señales significativas de los líderes políticos que enmarcan el debate público. 

El Mito de las Bajas

Si el público no es averso a las bajas, tal como la evidencia sugiere, la atención se dirige hacia la mala interpretación de este hecho por parte de nuestro liderazgo en seguridad nacional. El estudio del TISS proporciona una fuerte evidencia de que los líderes políticos y militares de alta jerarquía creen que el público estadounidense es averso a las bajas y, que no tolerará muertes excepto cuando estén en juego intereses vitales. El estudio llegó a esta conclusión planteando tres escenarios de intervención posibles (defender a Taiwán contra una invasión China, impedir que Iraq adquiera armas de destrucción masiva, y estabilizar un gobierno democrático en el Congo) a oficiales militares de alta jerarquía, líderes civiles influyentes y al público en general, y pedirles que consideraran cuántas muertes estadounidenses serían aceptables para completar cada misión (tabla 2).

Tabla 2
Número Aceptable de Muertes

Misión Élite Militar Élite Civil Publico General
Congo 284 484 6,861
Iraq 6,016 19,045  29,853
Taiwán 17,425 17,554  20,172
———
Fuente: Peter D. Feaver y Christopher Gelpi, “Un Análisis de la Aversión a las Bajas: ¿Cuántas Bajas son Aceptables? Una Respuesta Sorprendente”, Washington Post, 7 de Noviembre de 1999, B3.
Tal como señalan los autores, se debe interpretar estos promedios en términos generales y comprender que no reflejan necesariamente las bajas reales que el público aceptará una vez que los soldados empiecen a morir. Pero las “cifras absolutas” y las “diferencias dramáticas” entre los grupos son significativas.29 Lo que es más importante, concuerdan con la investigación anterior que explicaba el respaldo público en términos de fines y medios y la conversación democrática. El caso de Taiwán es un vestigio de la guerra fría, y representa el sentimiento estadounidense profundamente arraigado por los Chinos Nacionalistas y el “compromiso de muchos años de defender Taiwán”.30 Muchos estadounidenses asocian la defensa de Taiwán con resistir al comunismo y defender la democracia—vínculos que se remontan a la guerra fría y a la Segunda Guerra Mundial, que el público considera intereses nacionales muy importantes, incluso vitales. No es sorprendente, por lo tanto, encontrar consenso en los costos que los tres grupos están dispuestos a aceptar para llevar a cabo la misión.

Los casos de Iraq y el Congo son ejemplos de intervenciones posteriores a la guerra fría, que han provocado la opinión de que el público estadounidense es averso a las bajas. El caso de Iraq es importante porque demuestra la efectividad del liderazgo y las indicaciones de los líderes públicos. De acuerdo con la encuesta, las élites civiles muestran una disposición para aceptar más del triple de muertes que las élites militares. El modelo de conversación democrática predice que el respaldo de base amplia de los líderes civiles influenciará la opinión pública. El número sumamente alto de muertes que el público indicó que estaría dispuesto a aceptar concuerda con el concepto de la conversación democrática—a pesar del hecho de que los resultados reportados por el TISS no implicaban una relación directa entre los líderes civiles y el público. Feaver y Gelpi postulan que la buena disposición del público para aceptar más bajas en Iraq que en Taiwán “podría reflejar restos persistentes de los esfuerzos exitosos de Bush y Clinton para satanizar a Saddam Hussein combinados con los intentos de Clinton de buscar una política conciliatoria hacia China”.31 Este razonamiento lógico también concuerda con la premisa que las señales de los líderes públicos influencia y ayuda al público. El hecho de que las ideologías de centro derecha y centro izquierda del público general recibieran la misma clase de señales anti-Saddam de Bush y Clinton respalda el rol del liderazgo en el modelo de fines y medios.

El escenario del Congo comprende discutiblemente los intereses vitales mínimos de las tres intervenciones proyectadas. Igualmente, es coherente con la investigación de la corporación RAND que predice que el público tolerará menos bajas si los beneficios y las expectativas no son tan grandes. La información muestra que el público toleraría aproximadamente sólo entre un tercio y un cuarto de muertes en comparación con los promedios de Taiwán e Iraq. Sin embargo, no debemos olvidar el hecho de que el público estaba dispuesto a aceptar más de seis mil ochocientas muertes para lograr la misión. Los investigadores indicaron que “los estimados del público para la misión de restaurar la democracia en el Congo eran mucho menores, pero no obstante substanciales. De hecho, eran muchas veces mayores que las bajas reales sufridas por los militares estadounidenses en todas las acciones combinadas posteriores a la Guerra Fría”.32 La importancia acumulativa de la evidencia otorgada por la investigación del TISS es coherente con la opinión pública anterior sobre el rol de las bajas en los conflictos potenciales o reales y, respalda el argumento que los legisladores y líderes militares de alta jerarquía han atribuido al público una aversión a las bajas que, de hecho, no existe. El número de muertes que el público indicó como aceptables fue, en todos los casos, mayor que las especificadas por las élites civiles y militares. La magnitud de la desigualdad, tal como se mencionó anteriormente, tiene repercusiones para la seguridad nacional y las operaciones militares.

Consecuencias para los
Legisladores

Nuestra estrategia de seguridad nacional actual requiere la participación en la arena internacional y el uso de instrumentos económicos, diplomáticos, informativos y militares del poder nacional para dar forma a un ambiente con múltiples centros de poder regional.33 Al no haber amenazas del tipo de la guerra fría para nuestra existencia nacional, la participación es un intento de nuestros líderes civiles de evitar el desarrollo de estados parias, tales como Alemania y Japón después de la Primera Guerra Mundial, y de reducir el potencial de un conflicto multifacético con una potencia que tenga armas nucleares. Estos propósitos están amenazados, sin embargo, no por una falta de recursos nacionales, sino por el mito de la aversión a las bajas que gravita entre nuestros legisladores y líderes militares de alta jerarquía. 

La percepción entre las élites civiles—los legisladores que determinan la estrategia nacional—que el público es averso a las bajas impide la diplomacia coercitiva y limita las opciones militares en respaldo de nuestra estrategia nacional. De hecho, James Nathan sostiene en “El Surgimiento y la Declinación de la Política Coercitiva (The Rise and Decline of Coercive Statecraft)” que se ha “puesto de cabeza” a Clausewitz, y que la “teoría política actual invierte la insistencia clausewitziana de la supremacía de la política sobre cualquier lógica autónoma concomitante con las armas”.34 Nathan sostiene que los legisladores han cedido a la Doctrina de [Caspar] Weinberger y a las restricciones de [Colin] Powell sobre el uso de la fuerza y, que los militares ejercen un veto efectivo sobre las opciones políticas que no representan intereses vitales. Esto es aceptable frente a una estrategia de seguridad que propugna la participación a un nivel muy por debajo de los intereses vitales a fin de dar forma al entorno internacional. El esfuerzo para dar forma al entorno demanda específicamente acciones militares para evitar que ocurran desafíos a los intereses vitales. 

Nathan sostiene que la renuencia de nuestros legisladores a emplear la fuerza para apoyar la diplomacia debilita tales esfuerzos: “Sin una capacidad creíble para emplear una fuerza moderada, lo que determina el futuro es el destino más que la política”.35 Cuando los tiranos perciben que nuestra política es débil debido a la falta de un “gran garrote”, no se disuaden. En 1994 un oficial Serbio comentó sobre la participación potencial de pacificadores en Bosnia diciendo, “Clinton tiene sus propios problemas. . . . No puede permitirse perder aunque sea unos cuantos soldados en Bosnia”.36 Las aseveraciones o acciones de nuestros líderes políticos que demuestran una aversión infundada a las bajas proveniente del mito de un público inseguro debilitan la política coercitiva y envalentona a los futuros adversarios. Como resultado, pierde efecto la disuasión, y tenemos que emplear fuerzas militares para contener a los Saddam Hussein y los Slobodan Milosevic del mundo que se nieguen a obedecer las advertencias diplomáticas.

Un escenario potencialmente peor que nuestra incapacidad para disuadir a los enemigos es el potencial de los legisladores de abandonar las fuerzas militares cuando las necesitemos. Tal como Mark Lorell y Charles Kelley comentan, “En el futuro, un presidente podrá elegir demorar o rechazar la intervención militar estadounidense directa en un conflicto del Tercer Mundo—aún cuando pueda ser necesaria para defender intereses estadounidenses legítimos—debido al temor que el respaldo público pueda disminuir o colapsar una vez que Estados Unidos esté profundamente comprometido”.37 Este temor a las bajas entre nuestros líderes políticos alienta a los líderes renegados del mundo a tomar riesgos, basados en el potencial de que sus acciones se ocultarán bajo el umbral de los intereses estadounidenses que producirían una respuesta. Si tienen éxito, se debilita la participación, y otros grupos renegados probablemente tantearán la determinación de los Estados Unidos en áreas más cercanas a los intereses vitales. Esto no implica que Estados Unidos tenga que responder a cada disturbio de la paz mundial, sino que la decisión de responder deberá basarse en nuestra estrategia de seguridad nacional y no sobre nuestra necesidad de disipar el mito de la aversión a las bajas.

Consecuencias para los Líderes
Militares de Alta jerarquía

Tal como se indicó anteriormente en el estudio del TISS, los líderes militares de alta jerarquía exhiben una intolerancia a las bajas que excede de lejos el nivel de intolerancia del público y de los legisladores en las intervenciones típicas posteriores a la guerra fría. Potencialmente, esto tiene consecuencias muy difundidas para la planificación militar y el carácter distintivo militar. La Ley de Reorganización del Ministerio de Defensa de Goldwater Nichols codificó el combate conjunto de guerra y asignó enorme responsabilidad sobre los líderes militares de alta jerarquía, especialmente sobre los comandantes en jefe combatientes (CINC — commanders in chief). Si se tiñe tal responsabilidad por la creencia de que en la acción militar no debe haber pérdida de vidas, puede tener la consecuencia involuntaria de trasladar el peso del riesgo a las personas que según nuestra misión militar debemos proteger.

Por supuesto, los líderes militares tienen razones legítimas para tolerar o aceptar menos bajas que el público o los líderes políticos. Tal como señalan Feaver y Gelpi, es totalmente racional que los “oficiales militares den estimados de bajas menores para las misiones no tradicionales” cuando “ellos no crean que esas misiones sean vitales para el interés nacional”.38 Los líderes militares se adhieren al principio de la economía de fuerzas y no desean desperdiciar activos limitados en misiones que puedan apartarse de la misión fundamental de derrotar a las amenazas vitales a la seguridad nacional. El peligro, como se mencionó anteriormente, es que los líderes militares derrotarán a la política civil y, en un brote de interés propio, “disuadirán” misiones que son los bloques fundamentales de la estrategia nacional de participación.

También es cierto que los comandantes militares se preocupan por sus tropas y no quieren desperdiciar vidas. La convicción que se justifican menos bajas puede indicar que existen mejores formas de luchar que los ataques frente a frente de la Primera Guerra Mundial. Muchas personas concuerdan en que debemos maximizar la planificación efectiva y las estrategias asimétricas, que aplican las fortalezas tecnológicas estadounidenses a la debilidad del enemigo, para dislocarlo, confundirlo y derrotarlo,39 pero que no debemos emplearla como una panacea debido a la creencia errada de que la misión no debe tener riesgos. Tal como señaló un autor, “El objetivo de un buen comandante siempre ha sido bajas reducidas. Aunque afirmar esto como un requerimiento absoluto que puede hacer realidad nuestra tecnología avanzada, simplemente ignora la verdadera naturaleza de la humanidad y la guerra”.40 El argumento no es que los comandantes deban evitar las bajas innecesarias—el deber demanda no menos. El asunto es el impacto de la excesiva aversión a las bajas sobre la planificación y el carácter distintivo militar.

El planeamiento deliberado en los niveles estratégicos y operacionales en el teatro de la guerra es el dominio de los CINCs combatientes. Si, como este artículo señala, los líderes militares de alta jerarquía son aversos a las bajas o erróneamente creen que el público estadounidense no aceptará bajas, este proceso puede sesgarse y producir planes que no logren sus propósitos originales. El legado de Vietnam para los oficiales de alta jerarquía implica una creencia de que “se perdieron inútilmente” vidas estadounidenses, y una determinación “a evitar poner en riesgo al personal militar a menos que sea absolutamente necesario”.41 El resultado de la Guerra del Golfo establece que el público estadounidense no tolerará futuras operaciones que prometan más de un “puñado de bajas”.42 Los CINCs geográficos y sus oficiales de estado mayor elaboran planes de participación en el teatro de operaciones, redactan los estimados de la situación de los comandantes y proporcionan cursos de acción a las Autoridades del Comando Nacional, todos los cuales son afectados por estos legados. La aversión a las bajas por parte de los oficiales de alta jerarquía, o la percepción errónea de que el público demanda intervenciones sin bajas, puede producir un filtro o paradigma autolimitante a través del cual deben pasar todos los planes. Uno se pregunta si Inchón sería posible hoy—se encontraría que el plan “no es aceptable” debido al riesgo excesivo? 

Una amenaza potencialmente mayor planteada por una aversión excesiva a las bajas es la destrucción del carácter distintivo militar. Feaver y Gelpi destacan las opiniones de Donald Snider, coronel retirado del ejército y profesor de West Point, quien sostiene que la ética militar “está construida sobre los principios de autosacrificio y logro de la misión. Se supone que las tropas están dispuestas a morir para que los civiles no tengan que hacerlo”.43 Charles Dunlap está de acuerdo: “Los profesionales uniformados necesitan preguntarse a sí mismos si el carácter distintivo altruista de los militares, que es axiomático a su cultura organizacional, está siendo reemplazado por un ocupacionalismo que pone—quizás inconscientemente—un peso indebido en la autopreservación sobre el cumplimiento de la misión”.44 Se puede apreciar mejor el impacto degradante de la aversión a las bajas en la protección excesiva de la fuerza, lo que traslada el riesgo de la misión de los militares estadounidenses a otros.

TOPSECRET
Las actuales operaciones en Kosovo proporcionan un caso de estudio perspicaz del impacto de la aversión a las bajas sobre el cumplimiento de la misión y la ética militar. En un ejemplo positivo, el teniente coronel Bruce Gandy, comandante de batallón de la Infantería de Marina, escribió un artículo en la revista Marine Corps Gazette describiendo las operaciones exitosas de su unidad en Kosovo. Su unidad llenó el vacío dejado por las fuerzas Serbias en retirada y proporcionó seguridad a la población local. El coronel Gandy describió la misión diciendo, “Aunque minimizamos el riesgo siempre que fue posible, nos dimos cuenta rápidamente que la protección a la fuerza no puede ser de primordial importancia. Primero y ante todo está la misión. Los infantes de marina deben siempre responder al llamado de las armas sin importar el costo”.45 

La Infantería de Marina logró la misión descentralizando las operaciones y asignando a las compañías el control de sectores individuales. Las compañías vivían en las áreas de las que eran responsables, y el comandante de la compañía actuaba como el jefe de policía y administrador civil. Estas operaciones descentralizadas ganaron rápidamente la confianza de la población local, sin embargo no estaban libres de riesgos. Gandy señala, “La descentralización mientras que proyecta una presencia visible no está libre de riesgos. Se enseña a los infantes de marina a tomar la iniciativa. En las operaciones de imposición de paz, esto significa exponer a nuestros soldados al peligro”.46

En contraste con el método enfocado en la misión de la Infantería de Marina, las fuerzas del ejército que siguieron están plagadas por la protección excesiva y la aversión a las bajas está desbocada. En un esfuerzo por llevar la tasa de bajas a cero, los militares estadounidenses están construyendo un complejo multimillonario, aislado, para proporcionar un ambiente confortable y seguro. Los soldados aliados que aún viven entre la población, tal como lo hicieron previamente los infantes de marina, ridiculizan el complejo estadounidense, llamándolo “Disneylandia”.47 En su declaración de misión, la brigada responsable de una cuarta parte de Kosovo lista su objetivo principal como la “autoprotección” mientras que las otras “tareas de pacificación, tales como mantener ‘un ambiente seguro y protegido’ y . . . construir una sociedad civil reciben menor prioridad”.48 No es sorprendente que la brigada indique la autoprotección como su primer objetivo, dado el hecho de que el Comando Europeo del Ejército “sostiene que su objetivo principal es ‘Proteger y Cuidar la Fuerza’ ”.49

El complejo en Kosovo no es el problema. El problema es que los líderes militares aversos a las bajas han determinado que la prevención del riesgo tiene prioridad sobre la misión asignada por los legisladores de los Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y han trasladado el riesgo a nuestros aliados de la OTAN y a la población de Kosovo. Si disminuye la presencia en un sector, todas las áreas adyacentes estarán en gran peligro, y la población en aquellos sectores tienen mayor riesgo de sufrir represalias. Incluso si no aumentan las muertes civiles, la pérdida más grande es el carácter distintivo militar—la ética del guerrero de prestar servicio antes que su propia seguridad, la disposición a sacrificarse por la sociedad que protegemos, y la responsabilidad de minimizar el riesgo a aquellos que protegemos. La excesiva aversión a las bajas de los líderes militares de alta jerarquía no refleja con exactitud la opinión del público estadounidense y, en lugar de proteger a la fuerza, puede estar en realidad sembrando las semillas de su destrucción.

Conclusión

La guerra fría ha terminado, y el mundo es aún un lugar peligroso. Los intereses de la seguridad nacional estadounidense ya no se definen por la confrontación bipolar con la Unión Soviética, y las amenazas a nuestra seguridad nacional son más sutiles y difíciles de describir. Como la única superpotencia que queda, Estados Unidos se ha embarcado en el camino de la participación—ejercitando un liderazgo activo y decisivo en la economía y diplomacia mundial para hacer del mundo una entidad más próspera y democrática. Mediante la participación en muchos niveles en los que nuestros intereses no son vitales, nuestra estrategia busca preservar nuestros intereses vitales y condición de superpotencia.

En un mundo sin una autoridad gobernante, sin embargo, nuestra capacidad para participar y para resistir a aquellos que no comparten nuestra visión de libertad y prosperidad depende de los instrumentos del poder militar. En la actualidad, Estados Unidos tiene las fuerzas armadas más poderosas que el mundo haya visto; pero los dictadores, terroristas y aliados desafían nuestra condición de superpotencia, basándose en la percepción de que un público averso a las bajas limita nuestra capacidad para usar el poderío militar.

La investigación demuestra que el pueblo no es una masa irracional que demanda el retiro inmediato de las intervenciones militares al ver los primeros reportes noticiosos que muestran muertes estadounidenses. Más bien, el público pondera los costos esperados y reales con los beneficios y las perspectivas de éxito y decide con la ayuda de las señales de los líderes políticos. El respaldo del público no es todo, pero se puede contar con él cuando el liderazgo civil enmarca adecuadamente el debate en términos de un cálculo positivo de fines y medios. La opinión clásica de que el público es averso a las bajas es errónea, pero los legisladores civiles y las élites militares aún actúan sobre la suposición errada de que el público ya no aceptará los riesgos de la acción militar. 

Atribuyendo al público la aversión a las bajas, las élites civiles y militares han encubierto su propia aversión a las bajas y amenazan nuestra condición de superpotencia. La aversión a las bajas por parte de los líderes civiles resta efectividad a la diplomacia coactiva y debilita la disuasión. La aversión a las bajas por parte de los líderes militares de alta jerarquía se convierte en un filtro que limita las opciones intrépidas y los planes agresivos, y destruye insidiosamente el carácter distintivo militar. La interpretación errónea de los legisladores y militares de alta jerarquía en cuanto a la aversión del público a las bajas perjudica nuestra política exterior y la credibilidad militar. Un mito de aversión a las bajas “es difícilmente un fundamento sólido para la política exterior estadounidense”50 y las operaciones militares.

Notas

1. Oficina Ejecutiva del Presidente, Una Estrategia de Seguridad Nacional para el Nuevo Siglo (A National Security Strategy for a New Century) (Washington, D.C.: La Casa Blanca, 1998), iii.

2. Ibid.

3. Mark J. Conversino, “Superpotencia de Aserrín: Percepciones de la Tolerancia a las Bajas de los Estados Unidos en la Era Posterior a la Guerra del Golfo (Sawdust Superpower: Perceptions of U.S. Casualty Tolerance in the Post–Gulf War Era)”, Strategic Review, Invierno de 1997, 22.

4. Peter D. Feaver y Christopher Gelpi, “Un Análisis de la Aversión a las Bajas: Cuántas Bajas son Aceptables? Una Respuesta Sorprendente (A Look at Casualty Aversion: How Many Deaths Are Acceptable? A Surprising Answer)”, Washington Post, 7 Noviembre de 1999, B3.

5. Mark Lorell y Charles Kelley Jr., con Deborah Hensler, Bajas, Opinión Pública y Política Presidencial durante la Guerra de Vietnám (Casualties, Public Opinion, and Presidential Policy during the Vietnam War), R-3060-AF (Santa Mónica, California: RAND, Marzo de 1985), 1–92.

6. Ibid., 21.

7. Ibid.

8. Ibid., 23.

9. Ibid.

10. Ibid., vii.

11. Benjamín C. Schwarz, Bajas, Opinión Pública e Intervención Militar (Casualties, Public Opinion, & U.S. Military Intervention), MR-431-A/AF (Santa Mónica, California: RAND, 1994), 1–27.

12. Ibid., 4.

13. Conversino, 17.

14. Ibid., ix.

15. Eric V. Larson, Bajas y Consenso: El Rol Histórico de las Bajas en el Respaldo Doméstico a las Operaciones Militares Estadounidenses (Casualties and Consensus: The Historical Role of Casualties in Domestic Support for U.S. Military Operations), MR-726-RC (Santa Mónica, California: RAND, 1996), 1–126.

16. Ibid., 10–12; y también, “Los Fines y Medios en la Conversación Democrática: Entendiendo el Rol de las Bajas en el Respaldo de las Operaciones Militares Estadounidenses (Ends and Means in the Democratic Conversation: Understanding the Role of Casualties in Support of U.S. Military Operations)” (PhD diss., Escuela de Posgrado RAND, 1996), 320.

17. Larson, Bajas y Consenso (Casualties and Consensus), 12.

18. Larson, “Los Fines y los Medios (Ends and Means)”, 267.

19. Larson, Bajas y Consenso (Casualties and Consensus), 75.

20. Ibid., 49.

21. Larson, “Los Fines y los Medios (Ends and Means)” 167.

22. Larson, Bajas y Consenso (Casualties and Consensus), 24.

23. Ibid., 23.

24. Ibid., 65.

25. Larson, “Los Fines y los Medios (Ends and Means)”, 245–51.

26. Ibid., 248.

27. Ibid.

28. Larson, Bajas y Consenso (Casualties and Consensus), 72.

29. Feaver y Gelpi, B3.

30. Ibid.

31. Ibid.

32. Ibid.

33. Una Estrategia de Seguridad Nacional (A National Security Strategy), 1.

34. James Nathan, “El Surgimiento y la Declinación de la Política Coactiva (The Rise and Decline of Coercive Statecraft)”, Instituto Naval de los Estados Unidos, Informe (Proceedings), Octubre de 1995, 61–62.

35. Ibid., 64.

36. Roger Thurow, “Los Serbios Apuestan a que Occidente no Arriesgará lo que Ellos Temen: Las Tropas de Tierra (Serbs Bet That West Won’t Risk the Thing They Fear: Ground Troops)”, Wall Street Journal, 21 de abril de 1994, A10. Citado en Nathan, 63.

37. Lorell y Kelley, iii.

38. Feaver y Gelpi, B3.

39. Para ver una excelente discusión de las estrategias asimétricas del poderío aéreo, véase Ronald R. Fogelman, “La Ventaja de los Estados Unidos: Poderío Aéreo y Estrategia de Fuerzas Asimétricas (Air Power and Asymmetric Force Strategy)”, Air Power History 42, no. 2 (Verano de 1996): 5–13.

40. Conversino, 21.

41. Charles J. Dunlap Jr., “El Cambio Organizacional y las Nuevas Tecnologías de la Guerra (Organizational Change and the New Technologies of War)” (documento de trabajo presentado en la Conferencia de Servicios Conjuntos sobre Ética Profesional, Washington, D.C., Enero de 1998), 9; en línea, Internet, 7 de Enero de 2000, se puede encontrar en http://www.usafa.af.mil/ jscope/JSCOPE98/Dunlap98.htm.

42. Conversino, 21.

43. Feaver y Gelpi, B3.

44. Dunlap, 10.

45. Bruce A. Gandy, “Protección de la Fuerza y Cumplimiento de la Misión (Force Protection and Mission Accomplishment)”, Marine Corps Gazette 83, no. 11 (Noviembre de 1999): 44.

46. Ibid., 45.

47. Jeffrey Smith, “El Hogar de un Infante de Marina es su fortaleza; una base estadounidense de alta seguridad, mucha comodidad en Kosovo desata controversias (A GI’s Home Is His Fortress; High-Security, High-Comfort U.S. Base in Kosovo Stirs Controversy)”, Washington Post, 5 de Octubre de 1999, A11.

48. Ibid.

49. Jonathan Foreman, “El Mito de las Bajas (The Casualty Myth)”, National Review, 3 de Mayo de 1999, 40.

50. Feaver y Gelpi, B3.

El Mayor Charles Hyde, USAF, (Licenciatura, Academia de la USAF; Maestría, Abilene Christian University), es un estudiante de la Escuela Naval de Comando y Estado Mayor, Newport, Rhode Island. Ha servido como instructor de vuelo de los T-37s en Columbus AFB, Mississippi; instructor de vuelo de C-130H y Asistente Ejecutivo del Ala 7th, Dyess AFB, Texas; y como Asistente del Jefe de la Oficina de Asuntos para Oficiales de Alto Mando, Cuartel General del Mando de Movilidad Aérea, Scott AFB, Illinois. El Major Hyde se graduó con honores en la Academia de la USAF y en la Escuela de Oficiales de Escuadrón, Maxwell AFB, Alabama.

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